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Presentación del nº 6 de la revista Rumor de Aguas

Aunque muchos ámbitos del patrimonio serrano están siendo descubiertos y mostrados al gran público a través de publicaciones y jornadas patrimoniales en los últimos años, todavía quedan algunas temáticas ocultas que no deben quedar en el olvido.

Una de ellas es la gnomónica serrana, es decir, la ciencia que estudia los relojes de sol. Estas herramientas, tan útiles para los serranos de antaño, todavía subsisten en iglesias o viejas fincas diseminadas por la comarca. Su estudio y recuperación es el objetivo de la investigación que ha realizado Ignacio Garzón, colaborador de entidades como el CIES o la Asociación Cultural Lieva y actual presidente de la Federación de Asociaciones Culturales de la Sierra.

La principal motivación de los habitantes de estas tierras para construir estos artilugios, fue la necesidad de conocer el tiempo en el que vivían, controlar su vida y horarios. Así lo entendieron en la era megalítica, cuyos monumentos fueron los antecesores de los relojes de sol.

El nombre de gnomónica deriva de “gnomon”, que es la varilla que proyecta su sombra para marcar la hora. Suele ser metálico y puede tener distintas formas, recta, curvada o en ángulo. La faz es la superficie sobre la que se traza el reloj, mientras que las líneas son las marcas realizadas sobre la faz para señalar los puntos horarios, que suelen estar anotados con números romanos, arábigos o ambos combinados. A veces, se realiza sobre la faz una inscripción, llamada leyenda, con datos como la fecha o el autor.

En torno a la hora solar hay que tener en cuenta que no es la misma en todos sitios, sino que varía según la longitud geográfica. Para poder armonizar los distintos horarios se toma como referencia la hora solar en el meridiano de Greenwich y a partir de ahí se crea una escala de horarios locales oficiales.

Aunque hoy en día hayan perdido su valor original, su importancia patrimonial sigue siendo crucial, tratándose de un legado que debe subsistir al paso del tiempo. Hasta el momento, puesto que la investigación continuará, se han hallado relojes de sol en varios de los treinta y un municipios de la Sierra. La principal ubicación de estos relojes es la de los muros de las iglesias, con catorce ejemplos. El resto se distribuye en edificios privados, como cortijos y viviendas. Con tal variedad de opciones es normal que también se dé una gran diferencia cronológica entre ellos. Algunos son contemporáneos, como el de Corteconcepción (colocado en 1988), el del Instituto San Blas de Aracena (creado en las obras de ampliación de este centro educativo), o el de Navahermosa, el más reciente de todos. Los demás son más antiguos, aunque no todos ellos llevan el año de instalación. Los que sí muestran fácilmente legible su año de fijación nos aportan la siguiente cronología: Aroche (1609), Alájar (1624), Corterrangel (1671), Cortelazor la Real y Santa Ana la Real (1701), Puerto Moral y Valdelarco (1727). Todos son verticales, excepto el de Corteconcepción.

Desgraciadamente, algunos de los relojes de sol que antaño jalonaron esta comarca ya no continúan marcando las horas. Es el caso de los que estaban en el ayuntamiento de Fuenteheridos, en el ayuntamiento de Zufre, en el cortijo de la finca La Muñoza, cerca de la aldea de Jabuguillo, en el castillo de Torres (Cumbres de San Bartolomé) o en la iglesia de Santiago el Mayor, de Castaño del Robledo.

En cuanto a las primeras conclusiones de esta investigación, el autor destaca que hay determinadas coincidencias que podría llevarnos a pensar en la misma autoría, como por ejemplo en los relojes de Santa Ana la Real y Cortelazor, que, al ser idénticos, puede suponer que fueran elaborados por la misma persona.

Casos similares se encuentran en los relojes de Puerto Moral, Valdelarco y Jabugo. En los dos primeros, coinciden plenamente el material y el año de fabricación, 1727. Son artilugios recargados en su ornamentación y en las esquinas inferiores coinciden unos motivos decorativos con cierto parecido, algo que se repite también en el de Jabugo. También hay similitudes en cuanto al material utilizado en su construcción, ya que todos los relojes históricos de esta comarca son de mármol de la zona.

Respecto a los gnómones que han desaparecido, algunos han dejado huecos huérfanos de metal, mientras que otros han sido reemplazados por varillas verticales poco afortunadas. Garzón comprende la loable intención de querer reponer el gnomon en aquellos relojes en los que ha desaparecido, pero recomienda tener cuidado en la labor y cuidar la estética, evitando contribuir al deterioro de los relojes.

El dato optimista del estudio apunta a que se están colocando nuevos relojes, que ya no responde a la finalidad de conocer la hora, sino a fines estéticos, históricos o turísticos. Un objetivo que el autor recomienda, dándose la posibilidad de crear rutas gnomónicas que contribuyan a mostrar este patrimonio y prestigiar su conservación.

Este estudio de Ignacio Garzón sobre los relojes de sol en la sierra va a ser publicado por la revista Rumor de Aguas, y será presentado en las próximas Jornadas de Patrimonio que se celebrarán en Puerto Moral.

 

 

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